Suave es la noche

¿Cómo me ve él?», se preguntó. Se levantó y colocó un largo espejo junto a la ventana. Lo puso de pie, apoyándolo en una silla. A continuación, se sentó enfrente, sobre la alfombra, mirándolo, y abrió despacio las piernas. La vista resultaba encantadora. El cutis carecía de imperfecciones, y la vulva era rosada y plena. Mathilde pensó que era como la hoja del árbol de la goma, con la secreta leche que la presión del dedo podía hacer brotar, y la fragante humedad que recordaba la de las conchas marinas. Así nació Venus del mar, con aquella pizca de miel salada en ella, que sólo las caricias pueden hacer manar de los escondidos recovecos de su cuerpo.”

Anaïs Nin - Delta de venus

“No son flores, sino vulvas. Cualquiera puede verlo. Es su obsesión. Pinta una vulva del tamaño de una mujer adulta. Al principio tienen aspecto de pétalos, del corazón de una flor, pero uno acaba viendo los dos labios desiguales, la fina línea central, el borde de los labios, que, cuando están bien abiertos, parecen olas. […] siempre esa vulva gigante, desvaneciéndose sugestivamente, repitiéndose como una sucesión de túneles, yendo de una más ancha a otra menor y a la sombra de ésta, como si en realidad uno estuviera penetrando allí. Te hace sentir como si estuvieras ante esas algas que sólo se abren para absorber los alimentos que pueden captar; se abren con los mismos bordes ondulantes.
En aquel momento, el vasco tuvo una idea. Pidió a Bijou que le trajera la brocha de afeitar y la maquinilla. […] Tomó la brocha y el jabón que ella le dio y empezó a mezclar la espuma. Colocó una nueva hoja en la maquinilla y dijo a Bijou:
- Échate en la cama. 
- ¿Qué vas a hacer? -preguntó ella-. Yo no tengo vello en las piernas. 
- Ya sé que no tienes. Enséñalas.
Bijou las extendió. Eran tan suaves que parecían haber sido pulimentadas. Relucían como alguna madera pálida y preciosa, muy abrillantada. No mostraban ningún vello, ni venas, ni asperezas, ni cicatrices ni defecto alguno. Los tres hombres se inclinaron sobre aquellas piernas. Como ella las agitaba, el vasco las apretó contra sus pantalones. Luego levantó la falda, que Bijou luchó por volver a bajar.
- ¿Qué vas a hacer? - preguntó de nuevo.
El vasco apartó la falda y descubrió una mata de vello rizado tan espeso, que los tres hombres silbaron. Ella mantenía las piernas juntas, con los pies contra los pantalones del vasco, donde él experimentó de pronto una sensación de hormigueo, como si un centenar de insectos avanzaran sobre su sexo. Pidió a los tres hombres que la sujetaran. Al principio, Bijou se retorció, hasta que se dio cuenta de que resultaba menos peligroso permanecer quieta, pues el vasco estaba afeitando cuidadosamente su vello púbico, empezando por los bordes, donde aparecía ralo y brillante sobre su vientre de terciopelo, que descendía en una suave curva. El vasco enjabonaba y luego afeitaba con cariño, retirando los pelos y el jabón con una toalla. Como las piernas estaban fuertemente apretadas, los hombres no podían ver más que vello, pero a medida que el vasco iba afeitando y alcanzaba el centro del triángulo, dejó al descubierto un monte, un suave promontorio. El contacto de la fría hoja agitó a Bijou, que se hallaba a medias furiosa, y a medias excitada, intentando ocultar su sexo, pero el afeitado reveló dónde aquella suavidad descendía en una fina línea curva. Reveló también el inicio de la abertura, la blanda y replegada piel que encerraba el clítoris, y el extremo de los labios, más intensamente coloreados. Quería huir, pero tenía miedo de que la cuchilla la hiriera.
[…] Ahora todo quedaba expuesto: la boca, larga y vertical; una segunda boca que no se abría como la del rostro, sino que lo hacía sólo si su dueña empujaba un poco. Pero Bijou no empujaba, y los hombres sólo podían ver los dos labios cerrados, obstruyendo el camino.
—Ahora se parece a las pinturas de esa mujer, ¿verdad? —preguntó el vasco.
Pero en las pinturas la vulva estaba abierta, con los labios separados, mostrando el interior más pálido. Aquello Bijou no lo mostraba. Una vez afeitada, había vuelto a cerrar las piernas.
—Voy a hacer que las abras —dijo el vasco.

Tras enjuagar el jabón de la brocha, se dedicó a pasarla por los labios de la vulva arriba y abajo, suavemente. Al principio, Bijou se contrajo más aún. Las cabezas de los hombres, inclinadas, se iban acercando. El vasco, apretando las piernas de la joven contra su propia erección, pasó meticulosamente la brocha por la vulva y por el extremo del clítoris. Entonces, los huéspedes advirtieron que Bijou ya no podía contraer por más tiempo las nalgas y el sexo, pues conforme se movía la brocha, sus nalgas avanzaban un poco más y los labios de la vulva se abrían, al principio de manera imperceptible. La desnudez evidenciaba cada matiz de su movimiento. Ahora los labios estaban abiertos y exhibían una segunda aura, una sombra pálida, y luego una tercera, mientras Bijou iba empujando, empujando, como si quisiera abrirse ella misma. Su vientre se movía a compás alzándose y descendiendo…”
Anaïs Nin - Delta de venus

“Para algunos es una perspectiva aterradora. Según creen, sería mejor que el Cielo estuviera arriba y el Infierno abajo… en cualquier sitio exterior, pero no dentro. Pero nos han quitado ese consuelo de debajo de los pies. No hay sitios a donde ir: ni a por premio ni a por castigo. El lugar es siempre aquí y ahora, en tu propia persona y de acuerdo con tu propia fantasía. El mundo es exactamente lo que imaginas que es, siempre, en todo instante. Es imposible cambiar el decorado y fingir que disfrutarás con otro acto distinto. El decorado es permanente, cambia con la mente y el corazón, no conforme los dictados de un director de escena invisible. Tu eres el autor, director y actor a un tiempo: el drama va a ser siempre tu propia vida, no la de otro.”

Henry Miller - Sexus

(Fuente: miss-catastrofes-naturales, vía miss-catastrofes-naturales)

Una ametralladora Hotchkiss, dos fusiles ametralladores checos y numerosos rifles Winchester con munición abundante están preparados en una habitación de la calle Pujadas número 276, casi en la esquina con Espronceda, en el barrio de Pueblo Nuevo. Allí, en el piso donde vive Gregorio Jover, está reunido el comité de defensa anarquista.
[…]Los reunidos han trabajado durante semanas y meses para llegar a esta noche. Ya antes de las elecciones de febrero estaban convencidos de que la Guerra Civil era inminente. Muchos militantes de la CNT tendieron a revisar su actitud tradicional con respecto a las elecciones (es decir, el boicot), y votar excepcionalmente por los partidos de la izquierda burguesa y los socialistas. La dirección no lo aconsejó ni lo desaconsejó, dejó que cada uno decidiera por su cuenta. Al fin y al cabo sería igual si ganaba las elecciones la derecha o la izquierda. Si el fascismo hubiese llegado legalmente al poder a través de la abstención de los obreros anarquistas, ésa habría sido la señal para la insurrección armada. En cambio, según preveía la CNT, una victoria electoral de la izquierda habría inducido a los fascistas a tratar de subir al poder mediante el habitual golpe de Estado militar. En todo caso habría que enfrentarse a ellos con las armas en la mano. Los acontecimientos han confirmado la corrección de este cálculo; el análisis de los anarquistas era más realista que el de los políticos profesionales de los partidos.
La CNT era una organización federalista compuesta de confederaciones regionales que operaban casi independientemente, por lo cual no podía planear un contragolpe a escala nacional; tenía que limitarse a Cataluña, es decir, sobre todo a Barcelona. Madrid es la capital política de España. Pero Barcelona es la capital industrial y proletaria del país. La gran proporción de obreros de que consta su población y su tradición revolucionaria otorgan a la ciudad un prestigio excepcional y una primacía política; si las masas obreras triunfan aquí, su movimiento se extenderá también a las demás ciudades del país.
En consecuencia, los anarquistas comenzaron a organizar comités de defensa en cada barriada. Estos comités estaban coordinados de tal modo que era posible mantener una comunicación permanente con los delegados. Cada delegado conoce las consignas para la hora señalada. También las Juventudes Libertarias y la organización de Mujeres Libres están incluidas en este plan operativo. La federación de sindicatos y el comité regional acordaron que esta vez no se proclamara la huelga general, para no poner sobre aviso al enemigo.
El plano de la ciudad que está sobre la mesa señala la posición de los cuarteles, los acantonamientos de tropas y su número. Informes confidenciales de los cuarteles completan en el último momento los antecedentes del enemigo. El comité ha estudiado también la red de alcantarillas y conoce las vías de acceso subterráneas y los empalmes. Más importante aún es la instalación eléctrica; se han tomado las medidas necesarias para privar de energía eléctrica a cualquier sector cuando así se requiera. Los grupos armados tienen orden de permitir a las tropas que salgan de sus cuarteles sin hostigadas. Este aparente éxito inicial les hará creer que no habrá resistencia. Probablemente los soldados llevarán consigo a lo sumo cincuenta cartuchos cada uno. Una vez que las tropas se hayan alejado de sus cuarteles, se abrirá fuego contra ellas. Cuando se les agote la munición y se encuentren aislados, aparecerán los primeros signos de desmoralización. Entonces habrá llegado el momento de la agitación. Es importante que se revuelvan contra sus oficiales, o que deserten por lo menos. En cuanto a la Guardia de Asalto, se supone que se pondrá de parte del gobierno constitucional y contra los golpistas; por lo tanto, los grupos de defensa colaborarán con ella. La actitud de la Guardia Civil es incierta; debe vigilársela y sólo se abrirá fuego contra ella si ataca a los obreros. En este caso se la combatirá tan implacablemente como al ejército.
Todo ha sido pensado, discutido, estudiado y resuelto. Los miembros del comité de defensa anarquista están en silencio. Consumen grandes cantidades de café para mantenerse despiertos. Templan su impaciencia. Cada uno vuelve a repasar mentalmente todos los detalles. Se conocen y han luchado juntos desde hace años. Son como hermanos, o tal vez más que hermanos. Es posible que esta noche sea la última vez que se vean. Francisco Ascaso fuma nerviosamente. Está pálido, como siempre, y como siempre emana una sonrisa escéptica de sus labios fríos y delgados. También Durruti parece sonreír, pero a pesar de sus cejas tupidas y oscuras, del entrecejo fruncido y las arrugas de la frente, su expresión tiene algo de infantil. Sus ojos grises y vivaces repasan una y otra vez los armamentos. Ricardo Sanz, alto, rubio y fuerte, está sentado inmóvil. Su actitud es casi indiferente. Gregario Jover, a quien por sus pómulos llaman El Chino, parece más chino que nunca; juega con las cartucheras que lleva en la cintura. Aurelio Fernández trata de descifrar la gravedad de la situación en el rostro de Jover, como si éste fuera un termómetro; sus ojos son un poco saltones y su compostura erguida; es el único que se preocupa por vestir bien. Todos ellos son veteranos combatientes callejeros, guerrilleros urbanos familiarizados con la pistola. El comité tiene también dos miembros más jóvenes, Antonio Ortiz y Valencia. Aquél desea conversar y trata vanamente de hacer hablar a sus silenciosos compañeros; el cabello se le arremolina en bucles. Valencia se siente orgulloso de haber sido admitido en esta velada. Fuma mucho y enciende un cigarrillo tras otro. Han trasladado su cuartel general aquí, porque la mayoría de ellos viven en este barrio. Desde el piso de Jover se ve, casi enfrente, el estadio de fútbol del Júpiter. Las calles de alrededor están vigiladas por gente escogida. Dos camiones esperan en la calle Pujadas, al lado del campo de fútbol. García Oliver habita a sólo cincuenta metros, en el número 72 de la calle Espronceda. Ascaso en la calle San Juan de Malta, justo en las inmediaciones del local de La Farigola, donde se han reunido días atrás el pleno de los comités de defensa de barriada y el comité de defensa de Barcelona. Durruti vive en el Clot, a menos de un kilómetro de distancia.
Un viejo reloj de pared, comprado en el mercadillo de viejo (los Encantes), hace tictac con una torturante lentitud. Una ametralladora Hotchkiss, dos fusiles ametralladoras checos y numerosos fusiles Winchester…
[…]
Los camiones arrancan, los ocupantes levantan las armas. La bandera roja y negra, izada en un listón de madera, se despliega al viento. Pasan en primera por las Ramblas de Pueblo Nuevo. Se incorporan más y más camiones. Los dirigentes muestran las ametralladoras a la multitud, que impresionan a los espectadores como símbolos de decisión. Durruti, Ascaso, García Oliver, Jover y Sanz son aclamados desde los tejados y los balcones. Las sirenas siguen sonando, sus voces provienen de las barriadas pobres del cinturón industrial de Barcelona, es una voz proletaria que arrastra a la movilización a los obreros.
Los militantes anarquistas han pasado la noche en los locales sindicales, en los comités y en las trastiendas. Ahora afluyen en masa hacia el centro de la ciudad. Los grupos de Sans, Hostafrancs y Collblanc, los «murcianos» de la Torrassa, los cenetistas de Casa Antúnez se dirigen hacia la plaza España y el Paralelo: su objetivo es el cuartel de ingenieros de Lepanto. Los obreros textiles de La España Industrial, los metalúrgicos de Escorza y Siemens, los huelguistas de Lámparas Z, albañiles, curtidores, obreros del matadero, basureros, peones, entre ellos algunos cantantes de los coros de Clavé, subproletarios de las barracas de Montjuïc y también algunos matones de Pueblo Seco: todos acuden. También los campesinos de la antigua villa de Gracia, de tradición revolucionaria y anarquista, obreros de las hilanderías y de los depósitos de tranvías, y también dependientes de comercio. No sólo hay anarquistas, sino también socialistas, catalanistas, comunistas y gente del POUM, y todos avanzan hacia el Cinco de Oros, hacia la Diagonal, hacia los límites de sus barrios, y levantan barricadas, vigilan las calles de acceso y las encrucijadas. El lumpenproletariado de Monte Carmelo desciende a la ciudad y se une a los habitantes de las calles a medio urbanizar, que terminan a lo lejos en el campo abierto, a los viejos compañeros de Poblet y Guinardó que han escuchado la palabra de Federico Urales, el gran maestro de los anarquistas, y conocen a su hija, Federica Montseny, desde que era niña. Los obreros de Fabra y Coats y Rottier, los mecánicos de la Hispano-Suiza y los operarios de La Maquinista se unen con los peones y los desocupados y avanzan hacia el cuartel y el arsenal de San Andrés, donde están almacenadas armas suficientes para asegurarles el dominio de la ciudad entera. No hay que omitir a los de Fundición Girona, los de las fábricas de papel, los obreros del gas y químicos del Clot, San Martín de Provensals, la Llacuna y Pueblo Nuevo, que se unen con la gente de la Barceloneta, los pescadores, los estibadores, los metalúrgicos de Nuevo Vulcano, los ferroviarios del ferrocarril del Norte y los gitanos del Somorrostro. Todos han escuchado las sirenas.
Los dos camiones llegan a la calle Pedro IV. Allí también hay entusiasmo en las aceras. En las casas, sin embargo, vive gente pudiente, comerciantes y artesanos «de categoría». Ven desfilar llenos de temor la caravana. Nadie se atreve a dar señales de desaprobación; incluso el silencio podría ser demasiado peligroso. Por eso gritan: «¡Viva la CNT! ¡Muera el fascismo! ¡Abajo el clero!»
La batalla decisiva se librará en el centro, en el casco antiguo de la ciudad. Allí también cuentan con apoyo los anarquistas, porque incluso en los barrios burgueses habitan muchos compañeros y los porteros, los limpiabotas, los camareros y los barrenderos son partidarios suyos.
[…]
Juan García Oliver, Francisco Ascaso, Antonio Ortiz, Jover y Valencia dirigen las operaciones contra los rebeldes que ocupan la confluencia del Paralelo con la Ronda de San Pablo. Al lado de un número creciente de obreros más o menos armados luchan un suboficial y dos hombres del cuartel de Atarazanas que se han insubordinado contra sus oficiales y han traído su ametralladora consigo.
[…]Otros grupos armados se dirigen hacia la plaza de Cataluña desde las calles transversales y por las bocas del metro y atacan a los soldados. También la Guardia Civil dispara contra los golpistas. Se emplaza un cañón. Pero en el Hotel Colón los rebeldes tienen todavía algunas ametralladoras que disparan ciegamente contra la multitud que avanza impetuosa. El combate dura más de media hora, la plaza está cubierta de cadáveres. Por último, al apoderarse la Guardia Civil de la planta baja, aparecen los primeros pañuelos blancos por las ventanas del Colón. Sólo en el edificio de la Telefónica resisten más los fascistas. Los anarquistas, con Durruti al frente, asaltan el inmueble avanzando desde las Ramblas. Hacia la mitad de la calle, la acera está cubierta de muertos, entre ellos Obregón, el secretario de la federación de Barcelona. Los atacantes llegan finalmente a la Puerta del Ángel. Durruti entra primero en el vestíbulo de la Telefónica, que luego será conquistada piso por piso. La plaza de Cataluña, el centro de Barcelona, está en manos de los trabajadores.

[…]Los anarquistas llevan la iniciativa en la lucha final contra el cuartel de Atarazanas y el edificio de la comandancia de la región militar situados ambos al final de las Ramblas. Ya han avanzado hasta la Rambla de Santa Mónica. Al otro lado del cuartel, en la Puerta de la Paz, algunas unidades policiales y elementos antifascistas de diversas organizaciones, vestidos de paisano, luchan al lado de los combatientes callejeros de la CNT. Dirigidos por Francisco Ascaso, que empuña siempre su Astra de 9 mm, los miembros del comité de defensa anarquista avanzan cautelosamente hacia el sur, protegidos por los robustos árboles del paseo de las Ramblas.
[…]
-¡Viva la FAI! ¡Viva la anarquía! ¡Viva la CNT! ¡Compañeros! ¡Hemos derrotado a los fascistas! ¡Los combatientes obreros de Barcelona han vencido al ejército!
-¡Viva la República!
-¡Sí, que viva también la República!
La lucha en Barcelona ha terminado. El edificio de la comandancia de la región militar se ha rendido; poco después ha capitulado también el sitiado cuartel de Atarazanas. Sudorosos, riendo y roncos, se abrazan los combatientes callejeros. Levantan las armas, levantan los puños, vitorean a sus dirigentes.
[…] En esta ciudad no dan órdenes ni policías, ni oficiales de la Guardia de Asalto, ni políticos. Los que visten orgullosos uniformes, los señores que ordenan a gritos y usan imperdibles y charreteras, los hombres que ciñen la espada y el sombrero de copa negra, están arruinados, han sido vencidos. Quienes han demostrado su fuerza, quienes han ganado, son los que antes no tenían nada que decir, los perseguidos y encarcelados, los que tenían que ocultarse en los sótanos.

El corto verano de la anarquía - Hans Magnus Enzensberger
Imagen: Agustí Centelles - Guardias de Asalto en la calle Diputación de Barcelona, 19 de julio de 1936

"Toda vida es un proceso de demolición, pero los golpes que llevan a cabo la parte dramática de la tarea—los grandes golpes repentinos que vienen, o parecen venir, de fuera—, los que uno recuerda y le hacen culpar a las cosas, y de los que, en momentos de debilidad, habla a los amigos, no hacen patentes sus efectos de inmediato. Hay otro tipo de golpes que vienen de dentro, que uno no nota hasta que es demasiado tarde para hacer algo con respecto a ellos, hasta que se da cuenta de modo definitivo de que en cierto sentido ya no volverá a ser un hombre tan sano. El primer tipo de demolición parece producirse con rapidez, el segundo tipo se produce casi sin que uno lo advierta, pero de hecho se percibe de repente."

El Crack Up

F. S. Fitzgerald